Prologo

junio 8, 2008

 

El prologo no sirve más que para dorar o adorar al prologuista, por eso les escribo aquí hoy.

La obra correspondiente es de la autoría de nuestro estimadísimo estimado, ya conocido por ustedes,  a quien toda una trayectoria lo respalda como un  sagaz centinela de las letras; cañón de mil palabras. De esta manera me permito catalogar este libro como una máquina infernal de sensaciones, cosa que tendrán tiempo de comprobar con la subsiguiente lectura.

En esta ocasión hablaremos de mí, yo soy el prologuista. Muchas veces ocultamos el verdadero sentido de quien escribe esta estructura aperitiva. Prefiero pasar de considerar al prologuista como un entrometido, para tomarlo como un oportunista. Si no sirve de propaganda, agranda el ego, y si uno ya es conocido y respetado, le da la chance de robar protagonismo. Quien les escribe soy yo – yo soy el que narra esta receta insignificante de cómo masticar el bocado principal.

A continuación, como ya les mencione antes, van a deleitarse con esta obra de titulo complejo, a la cual nos referiremos como el trabajo definitivo de un hombre que marca el rumbo que el mismo no se atreve a perseguir.

Como le decía, fue mi tarea moldear este prologo, pero mi repisa estaba llena desde antes. Gracias a mi labor en aquel famosísimo papel que ustedes deberán recordar, o a mis publicaciones de renombre (entre ellas mi exitosísimo debut de titulo homónimo), es que hoy tengo el agrado de alquilar sus pupilas para atestiguar acerca de las virtudes de mi colega. Gracias a mi ímpetu como narrador y poeta de la verdad y la mentira, o a mi última producción en formato mega-sónico, es que hoy puedo dirigirme a ustedes con el propósito de comentar esta obra de mi amigo. Por todo eso y mucho mas, puedo hacer valer mi peso critico para prometerles que su interés les será coartado a lo largo de las próximas páginas, y recién se les devolverá su voluntad de distracción luego de haber terminado de deglutir este ejemplar. (Vayan con cautela – a los glotones se los castigará con un malestar emocional).

Espero haber sido lo suficientemente breve para no pecar de intrascendente, simplemente pretendo no oscurecerles más su panorama literario, y espero que mis comentarios pasen desapercibidos antes sus ojos; no así mi nombre. Les deseo un buen comienzo.

 


Yo hablaba con un esquizofrénico

mayo 18, 2008

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– Soy tu imaginación y creación. Yo soy la extensión de tus problema –

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Solían tildarlo de esquizofrénico al muchacho, casi de manera peyorativa y exagerada. Muchas veces llegaron a burlarse de él, a mofarse despiadadamente porque jamás entendieron que él podía llegar a ver lo que los ojos naturalmente nos prohíben. “Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego”, decía en el callejón de su vida, lugar donde acostumbraba a sintetizar sus fantasmas en actos básicos de vandalismo. Aquel era un proverbio árabe el cual ya había adoptado como propio para ese entonces, y finalmente convertido en el street dixit más controvertido del barrio. Su rumbo era el intestino del mundo, y su vida era el desecho; pero su paso seguía firme y seguro porque sabía que, incluso pasada la medianoche, su bólido jamás volvería a ser calabaza.

Yo era su gran amigo, y puedo fanfarronear con ello porque tuve la dicha de tener a mi lado a un tipo brillante, siempre lo dije. Brillaba por la manera en que se cagaba en el resto, en todos y cada uno de los que pasaban por su puerta, y por sobre todo en sí mismo. Le gustaba partir el silencio como quien parte un queso, y hacer sudar tu frente como el hocico de un perro – El fue un pionero en esta clase de perversiones – .

“¿Queres tener razón o queres ser feliz?” otra frase que repetía incansablemente, también de su colección de coloquios urbanos, (en esta ocasión era un bridge dixit sin autoría explicita). Es una respuesta tajante para esa terrible vorágine de los sueños llamada decencia, la misma que se encargo de encláustralo día a día en el frasco de la orfandad, y que logro repudiar su estética; la misma que declarando como anómalo su formato de vida.

La vara con la que el mundo mide y castiga a quienes tienen un espectro de expectativas más amplio, será la misma que algún día desgarre a latigazos los corazones de todos aquellos que creen que la realidad trasciende a través del mero consenso general – El fue un pionero en esta clase de aventuras – .

El paradero de mi amigo me lo reservo, seguramente me extrañe tanto como yo a él. Nunca conocí otro sujeto como él. A decir verdad, nunca conocía a otra persona siquiera.


Una entrevista al Abismo

abril 28, 2008

 

El miedo a veces pone a algunos en categoría de periodistas frente a la vida. El guion del papelón es la obra maestra; es el opus rex de quienes usan los ojos como lentes y los dientes como agujas, pero se olvidan de usar el corazón. Todo aquel que no cae en el conformismo indefectiblemente se convierte en reportero del silencio, alguien que jamás se cansara de preguntarle al aire acerca de cómo los colores del vacío son capaces de saturar el espacio disponible de lo infinito.

El reto de no aceptar el corto alcance que tiene nuestro pequeño y deplorable ser puede terminar por cavarnos la tumba de nuestras  almas antes de dejar este muñeco de carne. El temor es no poder progresar (nunca alcanza ser los que somos), y esto significa caer en el más dramático y angustioso, pero a la vez más sincero estado que puede sufrir una persona, la tristeza.

La tristeza es nuestra mejor forma de quitarle la piel a la manzana, la fruta que irremediablemente quedara siempre a medio pelar. La tristeza es saber que la minita más guapa de la cuadra siempre tendrá un novio gilún, no importa cuántas veces nos mudemos de barrio. La tristeza es fidelidad de alta resolución; estamos condenados a sentirnos afligidos.

Es por eso que el abismo siempre aguanta un round más que nosotros. Es por eso que siempre tenemos el jabón de que nos pegue una buena paliza.

La vida se comporta a veces como una putarraca escandalosa, que nos reparte besos de a conjunto en el mejor número del circo de la ceguera, “la respuesta”. Pero solo le deja a unos pocos el placer de bajarle la bombacha. El resto son los melancólicos que se quedan con su manzana a medio pelar sobre la mesa (sus manos ya no tiene fuerza para sostener otra derrota). ¡Pero son ellos los que viven el jugo! ¡Ellos son los que gastan la suela! Podemos entonces sentirnos finalmente felices de ser tristes. Es mejor que perder el tiempo.

No soy bueno escribiendo, pero aun tengo fe en poder arrancarles algún lóbulo de su corazón.

(Me despido sin orgullo ni vergüenza).

 


To breath or not to breath

abril 21, 2008

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 – El oxigeno es el dilema  

 

Miremos todos para arriba y contemos las estrellas. Por más que nos creamos eternos, la hemorragia cósmica nos va a terminar ahogando antes de que se inventen las milanesas de cerdo. No es mera especulación ahondar en este asunto, tampoco sería exagerado paranoiquearce al respecto; el sueño de que el letargo es viril es tan falso como que hay huellas en la luna ¿Por qué insistimos con la alegría?

Me cuesta levantarme cada día, comenzar cada día. Detesto abrir los ojos y mirar al techo, porque  al igual que el resto, sospecho acerca de lo finito del porvenir. Siento lo mismo que un fumador compulsivo al abrir su paquete de cigarrillos y ver que tan solo quedan unos pocos. El sabe que para una noche no son suficientes. A lo largo de esa mismísima noche veo yo el fondo blanco de mi atado de días. Soy adicto a los días, y es asfixiante saber que cada vez me quedan menos… Igual que al resto.

Lo que arde no es la carencia en sí misma, no hasta que la contrastamos con la posibilidad de abundancia (“abundante” es un sinónimo de “imposible”). Que se te escurra la vida entre los dedos no es un drama mayor, pero se convierte en psicosis cuando lo que se drena es la paciencia; también están quienes la llaman esperanza. Pero ahora sí, sintámonos sinceros con nosotros mismos (al menos un instante), y reconozcamos que a la hora de cortar el bacalao todos empezamos amputandole sus ojos-burbuja, ¡Y eso que sabemos que lo más sabroso es el lomo! Nuestro pack de días esta semi-vacio siempre, incluso antes de retirarle el celofán.

Acostumbrarse. Ese es el consejo que le de la serpiente al conejo antes de tritúralo y exprimirle hasta la última gota de su corta historia. Acostumbrarse es la poesía oficialista del perro amaestrado, sumiso a su amo, el cual ya no se queja ni del drogi ni de los platos de plástico reciclado. Acostumbrarse es ¿vivir?

Mejor sigamos respirando…


¡Buenos días! Vengo a despedirme

marzo 25, 2008

 

Antes que nada, quiero despedirme de todos ustedes por si no los vuelvo a ver.

Ahora sí, ¡Buen día! ¿Cómo están?

Esta es la primera vez que nos vemos las caras, pero no podemos saber si será la última – no mientras estemos leyendo este texto – . Podemos tomar esto como una ventaja, o como una desventaja. Podemos aprovecharlo para hacer un pequeño juego; hagamos de cuenta por un rato que no somos humanos (parece complicado), ¿Que deberíamos abanador primero? Les propongo abandonar el miedo. Ni la razón, ni el amor. Les propongo despojarnos del miedo para dejar de ser humanos.

La razón es nuestra voluntad de coherencia, la  que nos propone ahogarnos en una discusión eterna, en un debate crónico, que dura el mismo tiempo que nuestras vidas – somos los monos con neuronas –. Pero la racionalidad se apuñala a sí misma en su obsesión por el claustro ¡Todo lo que no encaja no existe! Ese Mr. Hyde se llama racionalización; el terrible boicot que nos hace la mente. De esta manera, ¿Cómo podría nuestro mayor enemigo ser nuestro más grande aliado? La razón nos permite crear, pero no nos permite avanzar, ni un pasó siquiera. La razón es inconsistente – seguimos siendo monos – .

Hasta luego– Voy a saludarlos cada tanto, por las dudas.

Probemos dejando de lado el miedo, no el amor. El amor es inestable – no somos humanos porque amamos – falla como rasgo. El amor se acaba, el miedo no – somos humanos porque tememos – es lo único que persiste. No es la necesidad de amor, es el miedo a la soledad. No son las ansias de cariño, es el miedo al vacío. En última instancia, el miedo siempre determina al amor; no cabe dialéctica alguna. El miedo crea, y nos permite avanzar. El amor y la razón no.

Hasta luego– Ensayo este saludo antes de agotar las ultimas ideas (mi ocurrencia empieza a quedarse afónica).

El miedo es el sentimiento más puro y sincero que un ser humano puede experimentar, incapaz de ser viciado o corrompido, por nada ni nadie. Para dejar de ser hombres deberíamos dejar de sentir miedo, y eso es algo imposible. Podemos ser irracionales, podemos asesinar al amor, pero jamás podremos desterrar el miedo de nosotros; el miedo es nuestra esencia.

Así que amigos, solo nos queda respirar hondo, tomar aire y salir a la calle, y rogar que cuando volvamos a casa, cansados y con ganas de dormir, no se nos rompa ninguna pata de la cama.

Hasta la próxima– (esta vez tengo el presentimiento que nos vamos a volver a ver).